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Cómo he cambiado en cada una de mis maternidades.

Hola a todas. Tenía ganas desde hacía tiempo de escribir sobre las diferencias que he experimentado en mis dos maternidades, sobretodo en el posparto.

La verdad es que creo que la experiencia que tengas en el parto es determinante a la hora de afrontar el posparto, al menos el posparto inmediato. No es lo mismo sentirte triunfante y que puedes con todo, a sentirte sin fuerzas, pasada por alto o ignorada y a veces incluso violentada.

Yo he tenido la “suerte”, así entre comillas, de tener dos partos maravillosos. Digo entre comillas porque yo me lo he currado muchísimo durante el embarazo, sobretodo en el último, para que mis partos fueran poco menos que una fiesta. Recuerdo que para el parto de Luki yo quería comprar chocolatinas y chuches para el personal sanitario que estuviera de guardia cuando me pusiera de parto, porque para mi era como el primer cumpleaños de Luki, y eso había que celebrarlo. Al final como se adelantó una semana y pico, y encima venía a todo gas, pues no me dió tiempo a comprar nada. Por no darme tiempo, no llegué ni al hospital, pero sobre esto podéis leer aquí.

Sin embargo en ambos pospartos he tenido dificultades, pero por motivos muy distintos. En el primero la dificultad fue la lactancia, Martina tenía frenillo de tipo 3 y bastante limitante, que en 5 días resultó en unas grietas catastróficas (sí, se llaman así porque hay pérdida de tejido del pezón) que tardé varios meses en curar. Además cuando Marti estaba a punto de cumplir seis meses y parecía que estaba saliendo del hoyo, mi mejor amiga murió repentinamente. Recuerdo esos meses con mucha felicidad por tener a mi bebé, y también como si tuviera un nubarrón en la cabeza y no puediera salir de ahí.

El posparto de Luki fue diferente por otros motivos. Como os he dicho Luki nació en casa por sopresa, y después nos fuimos al hospital. En el hospital se asustaron mucho cuando llegamos con el cordón sin cortar y la placenta en un tupper, y nada más llegar se lo llevaron para examinarlo. La conclusión del examen fue que tenía hipoglucemia (que luego he visto los análisis y no tenía) y que como estaba muy rojo probablemente tenía “sangre acumulada” por no haber cortado el cordón (sobre esto podéis informaros aquí). Así que se lo llevaron a hacerle unos análisis, que probablemente no le hubieran hecho si hubiera parido en el hospital, y resultó que tenía los hematocritos altos y había que ingresarlo y ponerle un suero. El ingreso y todo lo que pasó después me da para escribir 10 entradas más del blog, y aún no me siento completamente preparada para ello. Sólo diré que la violencia obstétrica a madre y bebé no sólo se da durante el parto, y que va mucho más allá y puede alcanzar límites de crueldad que yo jamás hubiera imaginado vivir. Pero lo dicho. Otro día os lo cuento.

En realidad yo venía a hablaros de cosa quizás menos importantes, pero que juegan un papel muy importante en el estado anímico de la mujer puérpera. Acabo de buscar en google la definición de puerperio y pone lo siguiente: “Puede definirse como el periodo de tiempo que va desde el momento en que el útero expulsa la placenta hasta un límite variable, generalmente 6 semanas, en que vuelve a la normalidad el organismo femenino.” 

Reconozco que me ha hecho hasta gracia, porque mi hija mayor nació hace casi 4 años y aún no ha vuelto a la normalidad mi organismo femenino jijiji. Me imagino que se referirá a que el útero recupere su tamaño original, porque vamos, lo que es el resto ha cambiado todo bastante. Por ejemplo mi vulva cambió, la forma de mi cuerpo cambió, mi pecho cambió, y en estos cuatro años he tenido la regla 3 veces (es verdad que he estado embarazada otra vez), tengo bastantes más canas y vivo bastante más cansada que antes de ser madre. Pero si ellos dicen que en seis semanas el organismo femenino vuelve a la normalidad, oye, ellos sabrán.

Lo que os quiero contar es que mientras que en mi primer posparto viví todos estos cambios en mi cuerpo y en mi vida con mucha angustia, no ha sido así en el segundo. La primera vez estaba bastante obsesionada con que todo fuera exactamente igual que antes de quedarme embarazada, pero con un bebé: quería tener el mismo cuerpo, salir a caminar todos los días, ir a restaurantes y al cine, quedar con amigas, seguir durmiendo la siesta (quien me conozca sabe que soy un lirón), pasar momentos a solas con Andi, y además disfrutar de la compañía de mi bebé y cuidarla.

Pero mi cuerpo se parecía más al que tenía durante el embarazo que al de antes, y yo no tenía ni ganas, ni fuerzas, ni tiempo de hacer dieta o deporte. A veces me pasaba horas aguantando el pipí porque soltar a Marti en la cuna para ir al servicio significaría despertarla y eso no era una opción, porque la tendría que calmar al pecho y con el pecho como lo tenía no podía ser.

Reconozco que psicológicamente el tema de mi aspecto físico fue lo que más me hundió durante muchos meses. Había aumentado tres tallas, y me daba vergüenza que la gente me viera así y pensara de mi cosas como que me había dejado ir, que era una vaga o una desorganizada, o que mi marido ya no iba a encontrarme atractiva. Para él parecería  que sólo habían pasado unos meses desde que nos enteramos que íbamos a ser padres, pero para mí parecía que habían pasado años, según mi aspecto físico. Sé que no soy la única mujer que se ha sentido así en su posparto, como si hubiera perdido su identidad, y creo que hay muy poco apoyo a las mujeres en estos momentos tan importantes en nuestras vidas, y que tan importantes son para la sociedad en general. Sin bebés y sin sus madres que los paran y los crien ¿qué sería de un país?. Aún así el tener hijos y sobretodo criarlos, sigue viendose como una ocupación (ni siquiera como un trabajo) de segunda, y que hacen mujeres a las que algunas gente llega a llamar mantenidas y vagas, porque se piensan que estar en casa y cuidar de un bebé (y normalmente del resto de la casa), es más un entretenimiento y un pasatiempo.

Pero ya me estoy desviando del tema, que es cómo cambió mi forma de sentir en el posparto de Luki. En este segundo posparto no tenía tan magullado el cuerpo como el alma, por los despropósitos que tuvimos que sufrir Luki y yo en los hospitales donde estuvimos ingresados, que fueron dos, porque del primero tuvimos que pedir el alta voluntaria e irnos a otro porque no aguantaba más el trato que nos estaban dando.

Es verdad que en el embarazo de Luki tuve una alimentación más sana e hice bastante más deporte que en el de Martina, y aunque sólo engordé 3 kilos menos, mi cuerpo quedó mucho mejor en este segundo posparto. En el embarazo de Luki engordé 17 kilos, cuando volví a casa diez días después de que naciera había perdido 9, y desde entonces hasta ahora he perdido 3 más.  ¿Me gustaría perder los 5 que “me faltan”? Sí. ¿Me agobia un poco no haber recuperado mi peso de antes del embarazo? Me fastidia decir que sí. ¿Me he sentido tan mal con mi físico como en el primer posparto? Gracias a Dios no.

Pienso que no ha sido así por varios motivos, quizás el primero, porque tenía preocupaciones mayores relativas a temas de salud, que eran para mi el foco en ese momento (bueno y ahora). Segundo, que realmente mi cuerpo estaba mucho mejor que en el primer posparto. Y tercero, y aquí creo que está lo más importante y la enseñanza, es que ahora sé más que nunca el valor que tiene mi cuerpo y todo lo que tengo que agradecerle, sé que los cambios son normales y son buenos, y no hay que avergonzarse, y también sé que en el posparto todo son fases.

Este tema de las fases ya me lo decían en el primer posparto, que todo pasa y algunas cosas van cambiando y otras vuelven a ser como antes. Pero lo cierto es que yo no veía que eso fuera posible, y me veía estancada con mis pechos goteando leche, mi barriga de 5 meses y mis piernas gordas, y sin volver a dormir más de una hora seguida para siempre. Pero aquellas voces que me decían que todo pasaba y evolucionaba tenían razón, y aprendí (no por sabia, sino porque no me quedó otra) a tener paciencia y a esperar. Incluso, a veces, hasta a disfrutar de esos momentos de locura que tiene la maternidad, porque aunque parezca mentira llegará un día en que los recordemos con nostalgia.

Entonces para resumir y decirte cómo he cambiado, pienso que ahora ya no me agobian tanto las situaciones que me agobiaban antes, como por ejemplo no poder ir en coche porque el bebé llora: directamente esta vez nos hemos decidido por los planes a corta distancia y por recibir visitas. O que la casa esté desordenada/ sucia (a veces): hemos destinado parte de nuestro dinero a pagar a una persona (que por cierto es adorable) que viene una vez por semana y limpia ventanas y ranuras y puertas, y todas las cosas a las que nosotros no llegamos en el día a día. Lo de estar encerrada en casa con un bebé, después de haber vivido una pandemia en la que estuvimos 3 meses sin salir de casa literalmente pues ahora me parece un poco de risa, pero en su momento también me sentí excluida del mundo exterior y bastante sola. Sobre la soledad, he aprendido que más vale una buena tribu en whatsapp que las supuestas amigas que cuando tienes hijos desaparecen de tu vida a lo “hasta luego Mari Carmen”.

Y creo que lo más importante que he aprendido es a reconocer la labor tan importante que hacemos las mujeres gestando, pariendo y criando a nuestros hijos. Pienso que no hay cosa más valiosa, y que la sociedad sería mucho mejor y el mundo más amable si nos dieran el espacio para poder maternar y paternar como nuestros hijos necesitan, y no como el consumismo y el materialismo dictan a día de hoy.

Y con estas reflexiones de una madre que casi cumple un año desde que empezó su segundo posparto, te dejo, con la ilusión de que te sirvan en tu camino y si es posible te ayuden a vivirlo de una manera más bonita y serena.

Un abrazo de Lola, tu doula.

1 comentario en “Cómo he cambiado en cada una de mis maternidades.”

  1. Qué bonito y qué cierto, Lola. Me he emocionado un poco en algunas de tus frases, porque me identifico en mil cosas. Yo también he cambiado, y además de los cambios más obvios, también noto mucho cambio en mi gestión emocional. Pensaba que se me pasaría pero ya hace 15 meses desde el mejor día de mi vida cuando nació mi bollito y no, no se me ha pasado. Sigo llorando como una magdalena cuando algo me toca la fibra sensible y me niego a ver películas tristes porque me hundo en la miseria. Ahora solo quiero vivir en Divertilandia y jugar mucho con mi bebé.

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